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Rincón verbálico de Indalo. ¡Cuántos libros por leer! y lástima, que la vida sea tan breve.


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Cementerio de diarios olvidados

diarios.2jpgAcabó 2013 con el cierre, uno más, del diario significativamente de derechas, La Gaceta. Dicha publicación se refocilaba (expresión que utilizaba mi padre y equivalente de regodeaba) con el cierre de Público, éste, de significado izquierdismo en su contenido, aún cuando no en su accionariado. En fin, a cierta prensa el tiempo es lo que le hace callar. Llama la atención que desde 2008 han cerrado en España 197 medios de comunicación y de éstos, 32 son diarios (10 gratuitos) y es curioso que el cierre de publicaciones se manifieste en mayor medida en los países de habla hispana (en especial España y Argentina) en contraposición al mundo anglosajón.

S_43640_1389465558_4cac220b-d79d-46d5-a68c-b5037308e529_PreviewEsto me ha llevado, una vez más, a abrir mi archivo de recuerdos en relación a la prensa escrita. En mi casa llegaba cada día el diario bajo el brazo de mi padre y que habitualmente era El Noticiero Universal, entrañable “Ciero”. Mi padre que era muy “volátil” en cuestiones de prensa hizo que pasaran por casa todo tipo de diarios: Diario de Barcelona, La Vanguardia (Española en aquella época), El Correo Catalán, ABC y Ya. De obligado cumplimiento, no había otro, La Hoja del Lunes y alguna vez, para desencanto familiar, La Prensa (Diario del Movimiento).

Ya en la Universidad estaba bien visto leer el TeleXpres, saber leer entre líneas en La Codorniz e ir de intelectual con Cuadernos para el Diálogo, Diario16, Destino e incluso Triunfo.

De todas las publicaciones citadas solo La Vanguardia y ABC subsisten. Todos los demás están en el cementerio de los diarios olvidados, que diría Ruiz Zafón. Ahora los cementerios son digitales. Véase el ímprobo esfuerzo en la  Biblioteca Virtual de Prensa Histórica, el Arxiu Històric de Barcelona o las digitalizaciones de Destino y Triunfo. En estas revistas es una gozada la búsqueda de artículos y autores que te ayudan a analizar el pensamiento y circunstancias de una época que vivimos y que a lo mejor no percibimos en su justa medida.

Sigo la prensa digital pero no dejaré nunca la prensa escrita. Me apunté una frase, lamento no acordarme del autor, en la que indicaba que el diario, como el traje y la corbata, tendrá consumidores ordinarios en días extraordinarios -los festivos- y extraordinarios  -clases cultivadas- en días ordinarios.

Lo extraordinario es que todavía vayan saliendo, cada vez menos, diarios nuevos. Nacen, se reproducen con los mismos errores que los extinguidos y mueren.


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El último Talgo en Paris

TANGOEl viernes 13 (día de mal fario) de Diciembre de 2013 fue el último día que el Talgo hizo el recorrido entre Barcelona y París. Fue en el ya lejano verano de 1969 en que se empezó a  realizar el trayecto sin transbordo gracias a un sistema automático de cambio al ancho europeo que incorporaban los trenes Talgo. Son 233 mm. de ancho de vía que nos separaban del ancho europeo , medida exigua si cabe, pero suficiente para hacernos ver que en plena dictadura  Europa empezaba en los Pirineos. En esta época se cruzaban los Pirineos para ir a Perpignan y ver El último tango en París. En aquellos años no ver esta película era como hoy no disponer de una smartphone , iPad o tableta. Vamos, que eras un don nadie. Fueron tiempos de muchas frustraciones y anhelos.

Nunca he ido en tren a la ciudad luz y me he perdido el último Talgo. Este tren ha desaparecido al igual que Marlon Brando y María Schneider y con el paso del tiempo solo nos queda un rancio recuerdo del último Talgo a Paris con un fondo melancólico de  tango. Pero siempre nos quedará Paris como sentenció el protagonista de Casablanca.


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El último cromo

MaravillasEstos días al presidente de un país le ha dado por hablar eufemísticamente del cambio de cromos para afirmar su posición con respecto a otro. En el sentido literal no creo que en su niñez haya hecho colección de cromos y ahora que los tiene no sabe o no le interesa negociarlos. Acudo a mi archivo de recuerdos y tengo muy presente el álbum de Las Maravillas del Mundo, por cierto reeditado por Bruguera y del que nunca pude completar los 250 cromos a todo color de que constaba la colección. En una época en blanco y negro esta educativa colección nos hacía contemplar un mundo de color y viajar soñando a través de él. Tenía gran envidia de un compañero de curso que consiguió terminarla y del que nunca conseguí cambiarle cromos. Fue una gran frustración. Ya han pasado muchos años y los cromos de aquel compañero  se han vuelto grises como las expectativas del país.

Señor presidente: sus cromos ya no interesan. No son las maravillas del mundo.


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Mi barrio de ayer

gaudi7Es 23 de Abril, festividad de Sant Jordi, y una esplendorosa primavera floral y cultural envuelve Barcelona. Es un buen día para pasear y dar el protagonismo a los libros, de los cuales se editan muchos, se sabe cuantos se venden, pero se desconoce cuantos se leen. El paseo me ha dirigido de forma inconsciente al barrio de mi adolescencia y juventud y que de forma indefectible me transporta en el tiempo rebobinando hacia atrás. Llevo en la memoria el libro Palabras Moribundas y veo que de la misma manera que se ha transformado el barrio se ha modificado el lenguaje y muchas palabras están muertas o moribundas.

Me encuentro en la parte alta de la avenida presidida por el Hospital de Sant Pau y al final de la misma se vislumbra la Sagrada Familia. Es la avenida de Gaudí. Paso por delante del inamovible kiosko en que compraba el chicle bazoka y los libritos de la Colección Pulga que me llevó a la aventuras de Salgari y Verne para descubrir la palabra       ¡pardiez! Justo enfrente ya no está el rápido que daba lustre a los zapatos del domingo. Bajando a la izquierda hace años que desapareció el Bar Savoy donde se veía en pareja la telvisión en blanco y negro. Ahora es un coffee cualquiera. En frente sigue la dulcería. La confitería de más abajo es ahora una sanwichería. Desapareció la barbería en la que mientras me pelaban al cepillo leía El Once y casi no me acuerdo del cine Venus que llamábamos Can Pulgas y donde vi mis primeras películas en technicolor pero no en cinemascope. El chaflán ya no lo preside la tienda de comestibles con el dueño al frente y su blanco mandil. Pasado el primer cruce miro con nostalgia donde aprendí mis primeras letras con la maestra Doña Teresa, aunque la mayor satisfacción era tener un plumier con lápices de colores y maquineta (sacapuntas). Antes de llegar a la que fue mi casa paso por delante de la de mi amigo Daniel. ¡Qué tardes poniendo singles o elepés. Escuchábamos música francesa: Aznavour, Brel, Montand, Piaff…cuidando que el pickup no rayase los discos. Era coger práctica para los guateques chipén de la época. Ya estoy en lo que era “mi trozo de calle”. El Banco sigue ahí sin guripas ni grises haciendo guardia. Desapareció la tienda sin nombre que llamábamos “la tienda de detrás” donde comprábamos pirulís, plumillas, pegadolsa y regaliz por unas pocas perras. Miro la calle y ya no hay lechería que te ponga litro y medio en la lechera ni la bodega que vendía hielo para la fresquera . El supermarket ya no es la tienda de ultramarinos en que se iba con el capacho y lo que comprabas a granel te lo ponían en un cucurucho de papel de estraza para llenar la alacena. ¡ Córcholis! Que tiempos aquellos. Aún recuerdo la pequeña mercería que rezaba en la puerta, se cogen puntos de medias de nylon. De todas las tiendas de aquel, mi barrio, me quedo con una: Era una tienda de tejidos que se llamaba La Casa de Todos. Resume lo que era el espíritu de un barrio de los años sesenta en el que nadie nos hablaba del bienestar social y que con mucho esfuerzo la gente se preocupaba del bienestar familiar y la convivencia vecinal. Nos conformábamos con poco en un tiempo en que una película como Gilda nos dejaba con cara de sansirolé. Eso sí, con buen humor. Lo recoge Juan Marsé en uno de sus libros recordando la película: “Amado mío, cómprame un bolso, de esos de moda, de plexiglás, que lleve dentro dos mil pesetas para comprarme yo lo demás”.

Sigo mi paseo avenida abajo por su espléndida acera central y voy dejando atrás las fotos sepia de mi barrio. El lenguaje cambia con el tiempo. Los barrios y las personas también. Que sea a mejor.

Dejó escrito Epitecto de Frigia (filósofo griego): “El error del anciano es que pretende enjuiciar el hoy con el criterio de ayer”. Nunca tiempos pasados fueron mejores. La nostalgia nos hace olvidar lo peor. Pero siempre nos quedarán los buenos recuerdos de nuestra infancia.

Palabras Moribundas (Pilar Mouton/Álex Grijelmo. Editorial Taurus)


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Olor a mar

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Todos hemos sentido alguna vez un olor de la infancia que te trasporta repentinamente a un recuerdo del pasado. Dicen que los primeros olores que percibimos ocupan un especial lugar en el cerebro y ello podría explicar que la memoria olfativa suele generar imágenes, situaciones y sabores.

Es bien conocido el fragmento del novelista Marcel Proust en su obra En busca del tiempo perdido:” …apenas había tocado mi paladar el tibio líquido mezclado con las migas, un estremecimiento recorrió todo mi cuerpo y me detuve, atento al extraordinario fenómeno que me estaba sucediendo…El sabor era el de un pequeño pedazo de magdalena, que en las mañanas del domingo solía darme mi tía…De inmediato la antigua casa…donde estaba su habitación, se elevó como un decorado…el pueblo, sus casas, sus gentes, sus jardines, su iglesia…Todo ello cobró vida desde mi taza de té.”

Tengo diferentes recuerdos de olores que me trasladan en el tiempo. He llegado a la conclusión de que el recuerdo de los olores es más fidedigno que el de las imágenes. Éstas permanecen en nuestra retina y desaparecen cuando vamos a su encuentro: el paisaje ya no es el mismo, el amigo ha envejecido, la casa ha desaparecido…

En cambio el olor no desaparece. Ese olor a pan o café recién hecho quizás no es el mismo pero nos retrotrae a nuestro olor del pasado y nos abre la ventana de los recuerdos de nuestra infancia y adolescencia.

Hay un olor que perdura en mí. Es como una fijación: el olor del mar en una noche de verano. No he conseguido percibirlo tan bien como lo hice una noche de Agosto, tendría unos 16 años. Se me recrea una situación similar al relato de Proust: el taxi, que había tomado junto a mi familia en la estación, nos dejaba al lado de la casita de San Salvador junto al mar. Al descender del taxi una ligera brisa acarició mi rostro y una luna llena iluminaba un mar en calma. El penetrante olor a salitre me embargaba, como en estos momentos, en que transcribo el olor de mis recuerdos. Era y es una intensa felicidad.

 

 

 


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Recordando el florido pensil

Llega un momento de la vida en que al rebobinar nuestra existencia no deja de ser un lujo poder ver una película de más de 50 años con sus momentos en blanco y negro y otros en technicolor.

Hoy día en que vivimos en un mundo atado a  las tecnologías de la información y la comunicación, éstas, se han convertido en devenidos tics, indispensables para nuestra vida cotidiana (me permito la licencia del acrónimo). Pero por mucha tecnología que utilicemos la palabra y la escritura nos son imprescindibles.

Repasando mi infancia y adolescencia he reparado que mi lenguaje ha cambiado, como otras muchas cosas, sin darme cuenta. Es verdad, en el lenguaje hay palabras que nacen y otras que mueren o quedan abandonadas en el baúl de los recuerdos.

Ahora ya no se me ocurre guardar el azúcar en la alacena, poner azulete en el barreño, usar la bacinilla, poner agua en la palangana o poner el vino en la fresquera.

Ya no necesito comprar una ficha para telefonear ni la regla de cálculo que nunca entendí. Tampoco tengo que buscar radio Caroline para escuchar a los Beatles ni escuchar radio Pirenaica para saber que decían del dictador.

 De mi  infancia tengo un grato recuerdo de la plumilla. Tenía de diversos tipos según el tipo de caligrafía.  La que más me gustaba hacer era la redondilla si podía evitar los borrones.

El mango con plumilla se lo comió la pluma estilográfica y a ésta el bolígrafo, que por cierto en México llaman, no sé porqué, la estilográfica atómica.

Plumilla, se decía del mal escritor o periodista ( a lo mejor yo lo soy) y subsiste la pluma : dejar correr la pluma, a vuela pluma, peso pluma, la pluma de la grúa, colchón de plumas o llevar la pluma (amanerado). Pero mis plumillas de 25 cts. ya no existen.

Estos recuerdos me han venido a la mente releyendo El florido pensil (Andrés Sopeña) y del cual recomiendo su lectura.

Freud decía que recordar es el mejor modo de olvidar. Yo diría que nos hace olvidar los malos recuerdos y magnificar los buenos.

Yo solo deseo vivir el presente y que el futuro no mate mis recuerdos.